Por Álvaro Blanes Pérez
No me parece de justicia achacar nuestras torpezas a los demás. Pero como ello es costumbre en nuestra tierra, yo me veo en la obligación de denunciarlo. Para que el día que hagamos los deberes como es debido y aún así nos salga mal el resultado tengamos la total libertad –y el derecho– de buscar errores en otras variables de la ecuación si nos da la gana. Pero mientras, no. Así que el día que seamos capaces de organizar una procesión extraordinaria en condiciones y a pesar de ello tengamos que recogernos a las tantas de la noche y cabreados tras una procesión larga, tediosa, aburrida y casi sin público en la calle podremos tranquilamente desahogarnos con quien o con lo que más nos apetezca, porque nosotros tendremos la conciencia tranquila por el trabajo bien hecho.
Pero, como ése no es el caso, seré realista: fue un desastre. Para qué vamos a engañarnos. Pero también fue fiel reflejo de cómo se entiende en nuestra tierra una procesión de Semana Santa. Empecemos por el principio: que todo el cortejo de tan magno acontecimiento esté únicamente compuesto por la representación del resto de Hermandades ya da una idea de cómo estuvo organizada la procesión ¿Dónde estaban las largas filas de hermanos con cirio que, no sé otros, pero al menos yo sí esperaba? ¿Alguien se echa las manos a la cabeza o le da la carcajada al leer que las esperaba? En qué poca estima deben tener a la Hermandad de la Cena, digo yo. Porque casi lo que más me duele es que vuelva a ennegrecerse la imagen que la Hermandad estaba fraguando a base de tardes de Domingo de Ramos con un cuidado en el cortejo poco usual en Almería. Y también me duelen los comentarios de esa misma noche y al día siguiente: que si esto en Almería no pega, que si aquí no hay tirón para esto. La excusa fácil de nuevo. Porque una cosa es que no seamos capaces de crear acontecimientos (en el amplio sentido de la palabra) interesantes, estéticamente bellos y entretenidos –crear, ni más ni menos, una obra de arte–, con sentido y congruentes con lo que somos para que los pocos que vayan se queden con ganas de más, y otra cosa bien distinta es que a la gente no le guste la Semana Santa ¿Cómo le va a gustar? ¡Una Semana Santa así a mí tampoco me gusta! Andar quince metros y parar diez minutos para luego andar veinte metros y otro largo parón a quién le va a gustar.
Y es que yo creo que debemos intentar ver más allá de la Semana Santa. Puestos a hacer una procesión porque sí (¿Aniversario? ¡Ja!) tomémoslo como un oficio. Como si fuera, por ejemplo, una obra de teatro o una película de cine. Cuando uno va a al teatro no quiere que los actores se equivoquen, ni que estén mal hechos los decorados, ni tener largas esperas entre acto y acto... Quiero decir, el hecho de tener un paso de Semana Santa en la calle no tiene por qué ser suficiente atractivo para un pueblo entero. Y menos aún, si cuando van a verlo, se encuentran tal panorama. Hay que crear algo bello, interesante para los sentidos. Quizás ese sea el secreto de que una hermandad como la del Perdón tenga tanto tirón en Almería porque, al margen de que a uno le parezca más o menos hermoso a la vista, al menos tiene su propio estilo estético. Es decir, dentro de su peculiar idiosincrasia, consiguen hacer algo interesante a la vista, consiguen ese algo, ese escalón por encima de casi todas las hermandades de Almería, que hace ver al ciudadano de a pie que hay un orden, una razón intrínseca que explica todo lo que hay ante sus ojos. Que es, al fin y al cabo, lo que siente cualquier persona con un mínimo de sensibilidad al situarse frente a una obra de arte.
Por eso yo reivindico desde aquí que empecemos a mentalizarnos de que sacar una procesión a la calle no es sólo lo que va en el paso y lo que le rodea. Lo que va en el paso es la causa de todo. Y por eso mismo se merece que el conjunto que lo acompañe sea acorde a su grandeza. Porque es al fin y al cabo un espectáculo, un entretenimiento. Que tenga un trasfondo religioso no la hace más interesante; es el sustento, es lo más importante, es la razón de ser de ésta pero, aun siendo razón necesaria para sacar una hermandad a la calle, no es razón suficiente para hacerlo. Hay que aportar algo más: unas formas. Y creo que el mero hecho de cambiar la mentalidad para afrontar la organización de una procesión cualquiera desde el punto de vista de crear algo bello (y no organizarla como si fuera mero trámite, algo por lo que hay que pasar y listo) es un paso de gigante para acercar nuestro maravilloso mundo de nuevo al pueblo de Almería.
¿Utopía? Sí, gracias. Aunque quizás sea utopía por falta de ganas. Pereza, más bien. Nos da pereza cambiar nuestra mentalidad –incluso a esos que vinieron de Hispalis con nueva savia y nuevas formas, a ellos también les cuesta–. Por eso las adoro –a las utopías– porque parecen formulaciones de optimistas mal informados de la realidad y puede que lo sean. Pero también sirven de criba. El punto de inflexión que la introducción de una utopía produce en una sociedad cofrade es el mismo efecto que la parada de un tren: se permite la bajada de los perezosos y los conformistas. Para ellos las utopías son irrealizables mientras que para mí son irremplazables en cualquier mentalidad moderna. Creo que el tiempo le ha dado la razón a unos y se la ha quitado a otros.
Pero si hay un problema de escribir artículos como éste es que nunca llegas a ser justo con todo el mundo. Y probablemente yo no lo esté siendo con unos cuantos hombres buenos que se partieron el alma para que su Reina (que esa noche era la de todos) brillara más que nunca con luz propia. No me refiero a ellos con todo esto. Ellos sí debieron dormir tranquilos tras dejar todo bien recogido en San Pedro aquella noche. Los que tienen que hacer inventario de prioridades cofrades son los que se saltan a la ligera la selecta y delicada jerarquía que ha de existir en la Semana Santa. Aún deben aprender el orden riguroso que cuatrocientos años de tórpida pero constante evolución cofrade se encargaron de fijar. Ese orden preciso de prioridades según el cual, una cuadrilla de costaleros siempre será un medio, y nunca el fin último de sacar una hermandad a la calle.
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